Del matiz y el escrúpulo

W. H. Auden rindió a su amigo Samuel Beckett el siguiente piropo: “maestro del matiz y del escrúpulo”. El mundo que habitamos está repleto de matices, y en la historia de la literatura, que es la historia de nuestro mundo, los narradores del matiz ocupan un lugar sagrado. El temor del que manan nuestras dudas es tan real y cotidiano como el color de los zapatos que vestimos, y quienes se apoderan del lenguaje ensanchándolo hasta ofrecer todos esos matices logran ponernos cara a cara con nosotros mismos, o al menos con esa parte de nosotros que sospechábamos cierta.

Escucho en las comisiones de urbanismo y de hacienda a los miembros de la oposición. Incluso cuando levantan la voz. Comisión tras comisión escucho de los miembros del Partido Popular esos discursos planos y autocomplacientes, tan faltos de matiz, tan lejanos a la realidad de Rocafort, tan apartados de todo y de todos. Les escucho cuando invariablemente, sin matices, recurren al ataque personal. Les escucho cuando dicen que cobro por no trabajar, que no entienden qué hago allí. Les escucho cuando preguntan sobre un determinado asunto y a continuación afirman que no quieren una contestación, como ha sucedido hoy, o cuando leen un libro mientras la Alcaldesa responde, cargada de paciencia, a alguna de las preguntas que acaban de vocear. Les escucho cuando solicitan expedientes que jamás leen. Les escuchamos cuando interrumpen a Amparo Sampedro, pleno tras pleno, comisión tras comisión, porque su detonada falta de matiz y de escrúpulos les invalida para el debate y la conversación.

Hace falta recuperar el matiz y el escrúpulo, elevar el listón de nuestras aspiraciones. El peor déficit de Rocafort no lo reflejan los informes de la intervención: es de orden moral y tiene que ver con esa incapacidad genómica de la derecha valenciana de reconocer sus carencias, de conversar, de matizar.

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  1. Lúcido y lucido el comentario Victor, estoy convencido que la fanfárria y mala educación de -al menos- tres de ésos miembros es un problema genético. Les asfíxia la democracia, el respeto, las buenas maneras. Están metidos de lleno en la pocilga que han provocado. No saben salir de ella. Ya conoceis el dicho: “A palabras necias, oidos sordos”. Es una buena terapia. No desespereis.

  2. Víctor, das en el clavo, como siempre, pero ante lo que comenta Enric: no es cuestión de oidos sordos solamente, también hay que cerrar los ojos ante la visión de estas personas y sus expresiones faciales, su lenguaje corporal, tan beligerante, nada afable y menos amable, claro. Visionando un pleno o asistiendo a él, es horrible escucharlos, pero verlos casi más. La Mala Educación, es una conocida película de Almodóvar, pero también es una coletilla perfecta para el nombre de su partido al que representan en este municipio.
    Y, siguiendo con el cine: ¿Qué habré hecho yo para merecer ésto?.

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