Mantras

La segunda Ley de la termodinámica establece que una mancha de tinta dispersada en un recipiente con agua no puede volver a concentrarse en un pequeño volumen, del mismo modo que un argumento falaz o ficticio que araña la reputación o la buena fama difícilmente puede desdecirse para restituir la honorabilidad de la persona o institución asediada. El argumento falaz, el que tiene una apariencia lógica pero oculta un engaño, posee la seductora fuerza de la convicción y sus efectos pueden ser devastadores. Así, el falaz mantra posmoderno “todos los políticos son iguales” se diluye como la tinta en el agua y pretende infundir una sensación de apatía, de desorden o de desánimo que distorsiona nuestra percepción de la realidad, pues es así como funcionan las falacias. Su refutación es ardua pues obliga a combatir la termodinámica del comportamiento humano.

Los ultramontanos se esfuerzan en enunciar (sin glosarlas) las similitudes entre los principales partidos políticos mientras el mantra es entonado por tertulianos, taxistas y demás militantes apócrifos: son todos iguales, son todos iguales, todos, iguales… Obviamente, si hay alguien a quien beneficia este mantra es a la derecha política, de donde proviene. Simplificarlo todo es la especialidad propagandística de un PP muy necesitado de disimular su halitosis.

Hoy comienza una campaña electoral decisiva por varios motivos. Uno de ellos tiene que ver con la forma de estos comicios, los primeros con apariencia de elecciones legislativas (el Presidente de la Comisión será elegido por el Consejo pero respetando el resultado electoral). Además de la forma, los mensajes que lanzan los principales grupos políticos determinarán en gran medida el clima político de una Europa que se debate entre la desregulación neoliberal o el apuntalamiento del estado del Bienestar. Y aquí es donde está el debate. Y también es aquí donde el mantra no resiste ni el primer asalto.

La derecha quiere desregular los mercados y aplicar su programa de máximos. Quiere una Europa económica que dé protección a los mercados por encima de las personas. No quiere ni oír hablar de derechos laborales. Está convencida de que apartando del sistema educativo a las familias con menos recursos se conformará una élite que gestionará los recursos disponibles. Para ello es necesario que los salarios desciendan y que desaparezcan los niveles de protección social que hoy amortiguan estas diferencias. Para la derecha la sanidad pública es un lastre que impide la proliferación de lucrativos hospitales gestionados por capital privado. Para la derecha la pobreza es inevitable pues la dinámica del sistema expulsa a los menos competitivos. Están muy motivados y el mantra corre de su parte: mientras se perciba que todos pretenden lo mismo podrán campar a sus anchas.

Por el contrario, la socialdemocracia europea quiere ampliar los niveles de cobertura social para hacer más justa la brecha de la crisis. Quiere mantener la excelencia educativa y el principio de universalización en su acceso, garantizar una sanidad pública y de calidad y ampliar los derechos laborales y los salarios para incentivar el consumo y la productividad. Exige un pacto europeo por el empleo y contra la pobreza y un mínimo social que garantice cobertura sanitaria en Europa independientemente de la renta disponible de las familias.

Se trata de un debate seminal del que depende en gran medida el futuro de nuestro sistema del bienestar: quién va a pagar el coste de la deuda pública. De iguales, nada.

(ARTÍCULO PUBLICADO EN “EL PERIÓDICO DE AQUÍ”)

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