Despedir a Felipe Zayas

Hoy hemos despedido a Felipe Zayas. Lo hemos hecho como hemos podido, acobardados, porque decir adiós a Felipe es difícil.

– Eso es algo jodido, nos diría, si no supiera que se trata de él, de enterrarlo.

Si lo supiera, sería más fácil. Con finura de estilete se quejaría, que no es para tanto, que no hagamos dramas ni tonterías. Que no podemos obligarle a ser un héroe. Se reiría con esa mueca tan suya y dibujaría círculos con las manos, con sus ojos entreverados, armando la mirada entre cómplice y gamberra. Esa mirada que me ha hecho sentir tan bien, tantas veces.

Y después juguetearía con su twitter, con su tablet, con su móvil, con sus jastags, con sus diabluras de niño curioso. Y diría que en juventudes solo aprendimos a contar, y que la palabra agendar no existe en lengua española, y que fíjate, ahora la policía le hace caso. Y reiría de todo, hasta de la muerte.

No es fácil despedir a Felipe Zayas porque acobarda no volver a hablar con Felipe Zayas. Y porque duele no haberlo hecho más a menudo. Vicent Soler me decía hoy que la muerte es siempre injusta, y que a veces parece serlo todavía más.

Descansa, comandante. Te lo has sabido ganar como nadie.

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